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Reportera de guerra, tercer sexo

Teresa Aburto | Madrid


La guerra es cosa de hombres. Pero, desde hace décadas, hay mujeres reporteras cubriendo conflictos armados y revueltas civiles, y su número va en aumento. Lejos de considerar su género como un impedimento para su labor, explotan las ventajas que el hecho de ser mujer supone, sobre todo, en los países árabes. De vuelta a sus países, sienten que a su trabajo no se le otorga igual visibilidad que al de un hombre. En Oriente son tratadas como hombres venerables, una especie de tercer sexo. En Occidente siguen siendo el segundo.

 

Sin embargo, este aumento de la presencia de mujeres informando a pie de guerra ha provocado que se conviertan en noticia algunos casos concretos de agresiones a reporteras. En 2011, la corresponsal de CBS  Lara Logan fue agredida sexualmente por un grupo de manifestantes durante las revueltas en la Plaza Tahrir en Egipto.

 

Los medios de comunicación se hicieron eco del suceso y las principales organizaciones por los derechos de los periodistas abrieron un amplio debate sobre la situación de inseguridad de las reporteras en zonas en conflicto, sobre todo en países donde no se respetan los derechos humanos de la mujer.

 

Tras los ataques, Reporteros Sin Fronteras (RSF) emitió un comunicado a los medios para pedir que dejasen de enviar momentáneamente a mujeres a zonas de conflicto. “Que un medio dejase de enviar a mujeres me parecería fatal, pero que RSF haga un comunicado en ese sentido resulta increíble” asegura la periodistas freelance Mónica Bernabé, asentada en Kabul desde el año 2007.  

“Los medios de comunicación occidentales se acogen a este tipo de hechos para concluir que una mujer corre más riesgo que un hombre en un país árabe, cuando un hombre también puede ser violado en una cárcel”, reivindica otra freelance española, Mayte Carrasco, que ha cubierto conflictos como el de Siria o Mali. La periodista considera que una mujer occidental corre el mismo riesgo que la población local, por tanto “la noticia no es que tres reporteras hayan sido agredidas, sino que le 90% de las mujeres egipcias lo han sido alguna vez por la calle”.

 

El debate sobre los riesgos que corren las mujeres y el tipo de medidas de seguridad específicas que habría que adoptar viene de lejos. En 2005, el International News Safety Institute (INSI), elaboró un informe sobre reporteras de guerra con más de una década de experiencia en conflictos. El 82% de las encuestadas aseguraba haber sufrido ataques o intimidaciones mientras informaban y más de la mitad habían sufrido acoso sexual.

 

“Existe la preocupación de que las mujeres puedan enfrentarse a peligros particulares informando desde áreas en conflicto, o desde países con regímenes represivos, a los que no se arriesgan sus compañeros varones”, decía el informe.

 

Desde el INSI y otras organizaciones como el Comité de Protección para los periodistas ofrecen una serie de recomendaciones de seguridad para reporteras. Un spray de pimienta, un pestillo para la puerta, unos cigarrillos para un soborno en una situación difícil, usar cinturones pesados y botas que sean difíciles de sacar, o ponerse un anillo de casada, son algunos trucos que pueden prevenir el riesgo.

 

CUANDO EL GENERO ES UNA VENTAJA

A pesar de las advertencias de las organizaciones internacionales, las reporteras no consideran que el hecho de ser mujer suponga un problema del que preocuparse mientras ejercen su trabajo. Los medios han seguido enviando a mujeres, y las freelance empotrándose con las tropas internacionales en 2012, año que bate récords de periodistas muertos según el informe anual de RSF.

 

“Ser mujer en la guerra es una ventaja”, aseguraba la corresponsal Judith Matloff durante un coloquio en el INSI en 2005. La también profesora de la Universidad de Columbia explicaba que las reporteras pueden adentrarse de manera más fácil en situaciones de tensión, ya que inspiran menos agresividad que un hombre. De hecho, en sus 20 años de carrera, Matloff sólo recuerda una ocasión en que le vetaran el acceso al frente, cuando un coronel de Angola no quiso llevarle porque era mujer. “En seguida suavicé su posición, con un pollo vivo y una botella de vodka”, recordaba.

 

El género femenino ha sido una ventaja en la vida profesional de una de las fotógrafas de guerra con más renombre del siglo XX, Christine Spengler, a la hora de camuflarse en el mundo árabe. La reportera fue recibida en tres ocasiones por el ayatolá Jomeini. “Le hacía las preguntas a través de su mujer”, cuenta en una entrevista en el diario El País, y gracias a la complicidad que alcanzó con la esposa y con las hijas del ayatolá, fue la única que pudo acceder a la Casita Verde el día de su muerte.

 

La corresponsal de BBC Hillary Andersson, también aludía a las ventajas de su género para su profesión en un artículo publicado en 2003 en la revista British Journalism Review, en el que asegura que “la guerra de Irak fue una buena guerra para las reporteras”. Reconocía que compartir una pequeña tienda de campaña con diez hombres en una montaña de Afganistán presenta sus retos, pero que “cuando se trata de seguridad, es mejor ser una mujer en la guerra”.

 

Las reporteras españolas corroboran esta creencia extendida entre las periodistas internacionales. “Las mujeres tienen acceso a los dos mundos, mientras que un periodista hombre es difícil que hable con las mujeres, o tan si quiera que vea sus caras en una zona rural. Nosotras somos mejor aceptadas que los hombres por la sociedad local, por lo que aportamos un plus a la información”, señala Bernabé.

 

“En más de una ocasión he ido a un ministerio a hacer una entrevista que no había concertado, y por el hecho de ser periodista y mujer te la conceden. Los afganos son muy respetuosos con las mujeres, con un hombre esto no pasaría”, destaca la freelance.

 

Informar desde zonas de conflicto en el mundo islámico, no supone un problema para estas mujeres, pero sí los estereotipos de género que encuentran en las fuentes militares y las sociedad occidental a su regreso. “Un reportero de guerra, cuando vuelve, tiene muchos cojones. A mí me dicen que estoy loca”, denuncia Carrasco.

 

El hecho, opina Andersson, es que aún hay convicciones sociales muy arraigadas cuando se trata de la guerra, por un legado histórico dominado por los hombres: “Es un terreno que implica todo lo asociado a la masculinidad: peligro, conflicto, suciedad, armas y maquinaria”.

 

El ‘Informe Anual de la Profesión Periodística 2012' que elabora la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, asegura que “sigue existiendo discriminación” en la profesión, y un ejemplo de ello es que el porcentaje de los hombres en puestos directivos triplica al de las mujeres.

El Consejo de la Unión Europea también pone de manifiesto estas desigualdades. El Comité Observador por la Igualdad entre Mujeres y Hombres, (CDEG) publicó un informe en 2011 destinado a concienciar sobre las ideas preconcebidas de género en los medios de comunicación. El informe explica que “los estereotipos están tan integrados en nuestras mentes que continúan siendo aceptables”.

 

EL LADO MÁS HUMANO

La enviada especial del diario El Mundo y especialista en mundo árabe Rosa Meneses, asegura que una de las creencias más extendidas es que las reporteras se quedan en la retaguardia y cubren el lado humano de la guerra, prestando especial atención a la situación de las mujeres locales. “No tiene por qué ser así, hay reporteros que se preocupan más que una mujer por ese tipo de historias y mujeres que sólo cubren la primera línea”, defiende.

 

Oficialmente, a las mujeres nunca se les negó la oportunidad de ocupar posiciones en el frente, pero en Vietnam  algunos combatientes estadounidenses preferían no tener a mujeres empotradas en la batalla. “Decían que traía mala suerte”, apunta  Andersson.

 

Hoy, las reporteras pueden acompañar a las tropas en zonas de conflicto, pero siguen criticando la actitud excesivamente protectora de algunos soldados occidentales hacia  ellas. “Muchos de ellos se preguntan en primer lugar: ¿Qué hace una mujer en la guerra?”, apunta  Meneses.

Hasta el año pasado, el ministerio de Defensa español era el único que no aceptaba empotramientos con las tropas en Afganistán. “Me parecía increíble tener que dormir en hostales, corriendo riesgos, pudiendo pasar la noche dentro de la base militar, donde estaba más segura. Todo porque unos burócratas en Madrid habían dado la orden de que no me dejaran entrar”, denuncia Bernabé.

 

El Teniente Juan José Bermúdez, estuvo con la periodista en Moqur durante seis meses y asegura no tener constancia de esta prohibición: “Las órdenes para estos temas venían trasmitidas por la figura del PIO (Public Information Officer), y nos pidieron colaboración por parte de las fuerzas para que los reporteros pudieran desempeñar su labor de la mejor manera posible”.

Carrasco, que también ha estado en Afganistán, señala que se ha sentido “demasiado protegida” por los militares. “Te ven más frágil que a un hombre y te tratan como a una niña indefensa”, señala.

 

En cuanto a la condición física de una mujer, el teniente responde que “una mala constitución supone un problema en zona de conflicto para ambos sexos”. Según los psicólogos,  entre personas del mismo entorno cultural y formación equivalente, no existen diferencias significativas asociadas al género en la capacidad de responder adaptativamente ante el peligro.

 

El creciente número de mujeres y las ventajas que ofrece su género en este tipo de trabajo no significa que la lucha por la igualdad en el reporterismo de guerra haya acabado. Como decía Andersson: “Mantener a las periodistas alejadas de los conflictos, supone negar a más de la mitad de la población la oportunidad de comentar, reflejar y analizar los eventos más importantes de nuestro tiempo”.

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