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La metamorfosis del teatro

MARÍA QUINTANA|Madrid

Él empuña una tiza nervioso, escribe apresurado una fecha que después borra con el puño de su camisa, de la pizarra que cuelga de la pared, cambiándola una y otra vez. Tras el sofá del pequeño salón, ella le recrimina su actitud sin siquiera mirarle, él se acerca, discuten. Silencio, tan solo interrumpido por el rasgar de las uñas de él en la tela del sofá. Quince espectadores, a escasos milímetros de la pareja, observan ensimismados la escena, como testigos de una privacidad arrebatada. Pocos minutos han bastado para que esas 15 personas hayan sido partícipes del pequeño mundo que encierra la sala número cuatro de Micro teatro de Madrid. En los 15 metros cuadrados de este habitáculo se introducen Antonio Ponce y Concha Párraga con su obra `Tres fechas en el calendario´.


"Es como si el ojo del público fuese el objetivo de la cámara. Es teatro, pero actúan como si estuviesen en el cine. Hay mucha verdad, no existe el margen de error". Son palabras de Verónica Larios, actriz y gerente de Microteatro que vio nacer y dar los primeros pasos a este proyecto. Todo comenzó en 2009 cuando el director Miguel Alcantud (Diamantes negros, 2013) decidió utilizar un prostíbulo en reformas, en el número cuatro de la calle Ballesta para convertirlo en un espacio cultural. Allí se alojaron durante casi dos semanas 13 obras teatrales de diez minutos de duración con una temática común pero muy diferentes entre ellas.


Larios formó parte de el elenco artístico de una de esas funciones y hoy recuerda con una amplia sonrisa esa experiencia: "Un día estuve cuatro horas repitiendo mi monólogo de doce minutos una y otra vez. Fue una experiencia tan maravillosa que no quisimos dejarla ahí. Reformamos una carnicería y se abrieron las puertas del actual Microteatro".

Verónica Larios en la sala de Microteatro

Juan Lucas Fernández-Aceytuno, un joven estudiante de Química, pero con sueños de dirigir sus propios textos, entra por primera vez a una sala de Microteatro. "Cuando uno va al teatro espera encontrarse con 300 butacas y un escenario. Aquí si estiras el brazo tocarías a uno de los personajes, esto provoca una sensación de cercanía única. En muy poco tiempo se forma una pequeña familia de la que te sientes partícipe en todo momento", expone con entusiasmo.


Desde 2008, según datos del anuario de las Artes Escénicas, Musicales y Audiovisuales realizado por la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), el número de asistentes al teatro disminuyó un 30,73% y la recaudación de taquilla lo hizo en un 14,07%. Además, el anuario publicado en noviembre de 2013 refleja que 2012 fue un año especialmente dramático ya que los asistentes a las salas disminuyeron casi un 10% respecto a 2011.


A pesar de las desalentadoras cifras aderezadas por el aumento del IVA cultural en un 21%, en este último año se ha producido un goteo incesante de nuevos teatros y centros culturales multiusos que cuelgan el cartel de "no hay entradas" casi cada día. Todos ellos con un aire renovador en común: son salas pequeñas, que apuestan por un teatro más interactivo con el espectador y que programan obras que trascienden las fórmulas teatrales más clásicas.

Calle La Palma, Malasaña

En la entrada del Teatro del Arte no hay luces de neón y tampoco se recibe al viandante con grandes carteles que proclamen de forma llamativa función y estrella protagonista. Nada tiene que ver con los grandes teatros de la Gran Vía madrileña. Aun así, en poco más de un año ha logrado ser una de las salas de referencia de la alternativa cultural madrileña. “Nuestra sala surge de las ganas de dar cabida a la gran oferta cultural que hay por parte de las compañías. Cada vez son más las personas que se arriesgan a hacer proyectos y no todos tienen un sitio en los teatros de Madrid", explica Fede Rey, actor y gerente del espacio.


Por este teatro escondido en Lavapiés han pasado desde un Shakespeare renovado hasta una versión alternativa de "Medea", el clásico de Eurípides. Pero una función ha destacado por encima del resto de la programación y que define las características que Rey atribulle a lo que puede percibirse en la sala diáfana del TDA: "Familiaridad e intimidad".


Cowboy por la mañana, mexicano por la tarde y chino por la noche. Fue entre tantas personalidades interpretadas durante sus inicios en el parque temático Port Aventura cuando Edu Ferrés decidió dedicarse de lleno a la interpretación: "Lo que experimenté allí me sirvió para conseguir rapidez mental, empatizar con el público y perder el sentido de la vergüenza". Hoy, tras su paso por ficciones de primera línea como Amar en tiempos revueltos, este joven se ha volcado de lleno en la improvisación, una tendencia que copa las programaciones de las nuevas salas de la capital.

Butacas del Teatro Quevedo

Elencos de actores sin guión se suben a un escenario ante un público dispuesto a una interacción constante. "Antes de que empiece la obra, el público escribe en un papel una frase y una palabra. Nosotros vamos creando historias sobre la marcha con eso, saben que puede pasar cualquier cosa. Una vez estábamos haciendo con `Improvisa tío´ una historia que se desarrollaba en una tienda de ropa, yo hacía de maniquí, entonces una señora del público se levantó y me tiró un abrigo al brazo", narra Ferrés.


"¿Qué puede ocurrir cuando todo puede ocurrir?". Con este interrogante se trata de atrapar a los viandantes que pasan por la transitada calle Bravo Murillo de Madrid, invitándoles a ver el espectáculo de improvisación de la compañía "Cüá". Se desarrolla dentro del Teatro Quevedo, una sala que abrió el pasado mes de septiembre y que engrosa la lista de nuevos teatros. "Este es un universo de emociones, son veinticuatro horas trabajando aquí", explica Luis Rodríguez, su creador y director. Aunque confiesa que antes se agobiaba más, tiene un control exhaustivo del movimiento de entradas y aceptación de cada función. "El teatro de improvisación tiene 520 comentarios en Atrápalo con un 8,8 de media, todos los comentarios son buenísimos, son gente que viene y repite", expone este joven de 26 años. Un antiguo concesionario es hoy una sala con 120 butacas que se llena casi cada día. En ella se muestran obras que el propio Rodríguez selecciona: "Busco cosas comerciales, vendibles y que den suministro a lo que la gente busca hoy en día".

Fachada Teatro Quevedo

Aunque ambos espacios hayan nacido casi a la vez, nada tiene que ver el Teatro Quevedo con el Espacio Labruc que regentan Eva Caballero y Ángel Málaga. "La línea que más nos interesa es el trabajo transescénico, más orientado a la performance, al teatro concebido desde otro lugar", expone Málaga. La filosofía vitalista de este espacio, situado en las entrañas del barrio de Malasaña,  puede intuirse desde su fachada. Cuando el viandante se adentra en la calle La Palma, los tonos grises se tornan coloridos al llegar al número 18, donde hasta los pivotes de la acera están cubiertos de tonalidades vivas. Un perro sin cabeza, el logo del espacio, da la bienvenida al visitante y exclama: "¡Labruc!", una especie de ladrido al mundo. "La cultura es necesaria, para el público y para nosotros. No nos rendimos, si nosotros no hacemos esto nos morimos", explica Caballero.


Las tendencias contemporáneas no enterrarán al teatro clásico


Microteatro, improvisación, performance... Las nuevas tendencias copan cada vez más programaciones de emplazamientos culturales. Pero ¿a qué lugar quedan relegadas las fórmulas más clásica de hacer teatro? Para los nuevos espacios, a la actualización. Es el caso de Labruc, que tuvo recientemente en cartel Memorias del subsuelo, una revisión del clásico de Dostoievski en el que aparecen Facebook y Twitter. También el actor Edu Ferrés, que estuvo en contacto con un texto clásico profundamente renovado en Mucho ruido y pocas nueces, una iniciativa de "Conecta con Shakespeare", considera necesarios este tipo de obras para "conocer la historia del teatro" y desterrar el aura de "arcaico y pesado" de este tipo de textos.


La cercanía se experimenta cada jornada en Microteatro, el Teatro Quevedo y el espacio Labruc. Tres lugares a priori completamente distintos pero que coinciden en la profundización de una mayor proximidad espectador-creador. "La gente sigue necesitando una explicación, la cercanía es lo que al público le apetece ahora, no sentirse un número más, el espectador cuatrocientos de una sala de mil butacas", expone Caballero.


Microdanza, micromagia, microfolletines, microteatro infantil... La sala que regenta Caballero no solo se renueva sino que se encuentra en pleno proceso de expansión. Miami, México y Buenos Aires son algunas de las ciudades que ya cuentan con un espacio de Microteatro, les venden una licencia en forma de subderecho de explotación de la marca y posteriormente se les otorgan un libro de estilo.

Cartel del Espacio Lebruc

 

Larios tiene claro que el microteatro no tiene fecha de caducidad: "No creo que sea ninguna moda, es una alternativa de ocio. No somos el futuro porque el teatro convencional siempre estará pero nos mantendremos, segurísimo". El teatro de improvisación, en cambio, lleva ya diez años en España, aún así, es ahora cuando está adquiriendo un lugar más notable. "No va a desaparecer, se quedará para siempre. Aún no ha llegado a su máximo esplendor, le falta mucho camino hasta normalizarse", afirma Ferrés.


"El conjunto de historias que dan cohesión a una sociedad. Entre ellas están también los relatos sobre los propios orígenes, esto es, la biografía de una sociedad, que le dice lo que es". Rey, el gerente del Teatro de Arte acude a esta definición del escritor Dietrich Schwanitz para definir la palabra cultura. "El espíritu de la gente que viene al teatro y sus inquietudes hacen que discutan y crezcan", comenta.


Algo parecido le ha ocurrido a Juan Lucas, el joven que se adentraba expectante en las entrañas de Microteatro: "Durante 15 minutos he estado en otros sitios, en otra dimensión, en otra vida. Te da tiempo a experimentar tantas cosas que, al salir, intentas recordar cada momento de la obra y solo deseas entrar en otra para volver a volar".

 

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